domingo, 18 de febrero de 2018

Relato: El mejor modo de vida


¡Hola a todos! ¿Qué tal va vuestro domingo?
No sé por qué los cuentos de hadas son tan susceptibles de versionar, el caso es que me he dado cuenta recientemente de la cantidad de relatos urbanizados que se me ocurren con todas esas princesas.
La primera entrada de mi blog fue Caperucita roja, y después seguí con otros cuentos.

Caperucita roja: Érase una vez

También tengo en el cajón a Alicia y a Blancanieves, pero ya llegarán.
Espero que os guste el relato.
¡Y que conste que de pequeña me gustaban las películas Disney!



El mejor modo de vida

Había una vez una Sirenita que perdió la voz para gustarle a un hombre. Pero no era un hombre cualquiera, se decía la Sirenita, era un príncipe, de esos capaces de romper hechizos, de los que matan dragones con tan solo empuñar su espada y los alejan de tu vida, esos a quienes las brujas, las envidiosas, nunca podrán vencer.

Este es mi mejor modo de vida, se decía la Sirenita, los príncipes no hospedan maldad en su corazón, ni egolatría. Cada paso que dan lo hacen por ti, cada palabra, cada gesto, no es más que el producto de una preocupación mayor. O eso dicen.
Pero como la Sirenita no tenía voz, no podía explicarle al Príncipe todos los hechos que le generaban cierta inquietud, algunas palabras incorrectas en momentos poco adecuados.
Ante la confusión de la Sirenita, el Príncipe fue directo. No me gusta que nades sola porque el mar es peligroso, dijo el Príncipe, lo hago por ti, porque me preocupo y porque te quiero. Me malinterpretas.
La Sirenita recapacitó. Los príncipes eran buenas personas, y el suyo mató a la Bruja por ella. Pero, ¿era realmente una bruja? Empezó a dudar. Lo que ocurría era que el Príncipe no soportaba a esas mujeres que se acercaban solas al fondo del mar, con todos los peligros acechando. ¿Cómo no iba a ser una bruja?

Este es mi mejor modo de vida, se dijo la Sirenita. El Príncipe jamás la humillaría a propósito. Era ella que no comprendía sus bromas. O eso le dijo el Príncipe.
Pero como la Sirenita no tenía voz, no podía explicar todos los actos que le dolían.
Te estoy llamando, ¿por qué no me contestas? Le había dicho el Príncipe. La Sirenita se había despistado, pero ¿tan grave era? El Príncipe estaba exagerando al respecto. Algo de ella no le había gustado, quizás sólo había vuelto de mal humor de su día de caza, y su cabreo había dado paso a una manifestación exagerada.  Esto fue lo que pensó la Sirenita.
Todas las Sirenitas sois malvadas, le dijo el Príncipe con un rencor que nunca supo adivinar de dónde venía, ¿No asesinaban a los hombres en la Isla del Sol? Suerte que el pobre Ulises se pudo defender de ellas.
Pero como la Sirenita no tenía voz, no pudo decirle que La Odisea sólo era una historia inventada por alguien a quien le convino en ese momento perjudicar a las sirenitas.
Pero los príncipes no albergaban maldad. Eran entes dirigentes que brillaban donde el resto palidecía.
Maté a la Bruja por ti, le recuerda el Príncipe, ¿No era envidia lo que sentía ella? Yo te salvé.
Y la Sirenita recapacitó. ¿Cómo no iba a ser una bruja si se había enfrentado a un príncipe? O eso decía él. Las brujas eran malvadas.
Aunque también decía que lo eran las Sirenitas.
La Sirenita se agobió, pero como no tenía voz, no podía desahogarse. Además, empezó a tomarse las palabras del Príncipe como un ataque. Pero él no tardó en ofenderse, y volvió a alegar una mala interpretación de la Sirenita. Él nunca dijo que las sirenitas fuera malvadas. Ella se había confundido. ¿Cómo iba a decir eso? Con todo lo que la quería.

Este es el mejor modo de vida, se convencía la Sirenita. No hay nadie mejor que el Príncipe para mí. ¿Qué iba a hacer sola? ¿A dónde iría?
¿Dónde pretendes nadar, si no sabes? Le dijo el Príncipe.
Pero como la Sirenita no tenía voz, no pudo replicar. Así que para no molestar al Príncipe la Sirenita dejó de nadar. ¿No era eso el amor? Con todo lo que el Príncipe había hecho por ella, ¿no podía devolverle, al menos, ese favor? ¿Qué es el amor sin un poco de sacrifico?

Este es el mejor modo de vida, ¿no? se decía la Sirenita. El Príncipe jamás la controlaría por maldad. Si pretendía saber dónde nadaba era porque se preocupaba por ella. El Príncipe precavió un enfado, y cayó en la excusa más trillada. Quizás la había oído por ahí.
Yo sé cómo son los hombres, dijo, sé cómo piensan, y por eso me preocupo por ti, trato de defenderte de ellos.
La Sirenita no acabó de entender estas palabras. ¿Qué piensan? ¿Son un peligro? ¿Quieres decir que tú también eres así?
Pero no, él era un príncipe, debía der ser el único hombre honrado. Con todo lo que hizo por ella.
Y como la Sirenita no tenía voz, no pudo quejarse cuando le apetecía nadar un poco más y llegar más tarde a casa. Había abandonado el mar por él, su vida anterior estaba allí, entre corales y por supuesto, entre tiburones, pero era su vida y la echaba de menos.
Poco a poco le invadió una terrible sensación de pérdida. La mujer que fue empezó a convertirse en un recuerdo que parecía estancado, como la espuma que flotaba en la orilla del mar.
Pero el del Príncipe era un amor acérrimo, nacido del corazón, y por eso, sólo le bastaba una mirada de ella para percibir el desconsuelo. ¿No te basto yo?, le decía él, ¿Cómo quieres nadar sola, si no sabes? ¿Qué harías sin mí?


Este es el mejor modo de vida, se decía la Sirenita. El Príncipe le había comprado un vestido rosa, acampanado a los lados y brillante en los bajos. Un vestido de princesa.
Resultaba sospechoso que el regalo hubiera venido después de un disgusto.
No hace falta que camines sola por el castillo, la regañó el Príncipe, yo te acompañaré. Y si no puedo, la mujer de mi hermano, una auténtica princesa, lo hará por mí. Pero no hace falta que vayas sola.
Es que quiero ir sola, pensó la Sirenita. No lo dijo, porque había perdió la voz. Pero el Príncipe conocía sus pensamientos.
¿Por qué quieres ir sola?, cuestionó él, ¿Qué maldad cruza por tu mente? Quizás haga yo lo mismo. ¿Qué me ocultas para querer ir sola? 
La Sirenita se puso a llorar, porque claro, no podía hablar. Pero el Príncipe supo consolarla.
Lo hago por ti, te quiero y me preocupo, no quiero que te ocurra nada malo, y tú me malinterpretas, ay, pobrecita, pobrecita…y le acarició la cabeza.
Y así, la Sirenita tuvo un vestido nuevo.
Qué regalos te hago eh, dijo el Príncipe, con todo lo que hago por ti, y tú no me valoras.

¿Este es el mejor modo de vida? se preguntó la Sirenita. Empezó a sentirse como a una inútil, ¿cómo no iba a ser una inútil, si cambió la voz por un hombre? Si fuera la Bruja se defendería. Pero la Bruja nunca perdió su voz por nadie, y el Príncipe la mató porque esas mujeres que nadaban solas, ya se sabía… ¿qué buscaban? La Sirenita empezó a entender que quizás la Bruja no la envidiaba como el Príncipe aseguraba, sólo lo odiaba a él.
Como la Sirenita no podía hablar no pudo defenderse cuando el Príncipe le preguntó dónde iba con dos conchas como sujetador. ¿Pero no era lo que había llevado siempre? La conoció así, con dos conchas y una cola de pez.
¿A quién quieres provocar? La acusó el Príncipe, ¿A los tritones del mar? ¿A los campesinos del pueblo? ¿Tan baja tienes la autoestima que necesitas vestirte así para llamar la atención? Te regalé un vestido y no te lo pones. Ese regalo te lo hice porque te quiero.
La Sirenita pensó que la Bruja jamás se callaría ante un comentario tan terrible como aquél. Pero la Bruja tenía voz. O la tuvo, porque él la había matado.
Las brujas son mujeres envidiosas, y por eso viven amargadas, había dicho él, son unas agresivas que odian a los príncipes.

No creo que este sea el mejor modo de vida, pensó la Sirenita.
Quizás debería volver al mar con su familia y sus amigos. ¿Pero qué hará? Si no sabe nadar. Eso es lo que le dijo el Príncipe. Y los príncipes no mentían. Sólo se preocupaba por ella, porque el mar era peligroso y él pretendía cuidarla. Era ella, que malinterpretaba sus intenciones.

Un príncipe siempre será un príncipe.


domingo, 11 de febrero de 2018

Sobre literatura: libro de cartas y postales de Jane Austen


¡Hola a todos! ¿Qué tal va vuestro domingo? Hoy voy a escribir sobre un libro que me regalaron en Navidad y que tenía muchas ganas de tener desde que conocí su publicación apenas un mes antes: el libro de Cartas de Jane Austen, edición conmemorativa del bicentenario (1817-2017).

Antes de empezar, diré que todavía no me he leído el libro y, de hecho, creo que lo haré poco a poco, a ratos, por las noches. Es un libro de tapa dura que contiene casi 800 páginas, así que llevarlo en el metro es impensable.


Lo bueno de Instagram y de seguir a tantas personas que leen es que me mantengo al día de todas las novedades. En el blog también me ocurre, pero la de Instagram es una información mucho más vertiginosa. Y ahora, me sucede lo mismo con la página de Tarro-libro de Facebook. Hasta aquí la parte positiva del asunto. Lo malo es que cada día conozco nuevas novelas y voy a necesitar dos o tres vidas para leer todo lo que me gustaría. O eso, o aprender a no dormir. Pero como las ojeras no me sientan bien y no creo en reencarnaciones, tendré que conformarme y empezar a priorizar.

En fin, no me enrollo más y voy a lo importante:

La relevancia del papel de Jane Austen en la literatura recae en ser una de las primeras escritoras cuando solo los hombres se dedicaban a ello. En ese sentido, hay que agradecerle que abriera el camino a las que llegaron después y soportar críticas machistas como “esa vieja solterona”. Jane Austen nunca se casó, y en esa época no había mayor estigma para la mujer. Toda esta presión social se refleja en forma de crítica en sus obras, con personajes como Elisabeth Bennet, en orgullo y prejuicio, que siendo considerada “fea y lista”, tiene pocas opciones de conseguir un buen marido.  


Cuando el libro de Cartas de Jane Austen se editó empecé a verlo por todas partes. Tenía una portada preciosa y muy buenas opiniones. Lo había publicado la editorial dÉpoca, por el bicentenario de la muerte de la autora, que nació en Steventon el 16 de diciembre de 1775 y murió en Winchester el 18 de julio de 1817. Yo no conocía la editorial, pero al ir a cotillear sus publicaciones en la web, descubrí que, como particularidad, realiza unas portadas preciosas. Ejemplos de estas portadas tan bonitas son Cortejo en la catedral, de Kate Douglas Wiggin y Asesinato en Charlton Crescent de Annie Haynes, el cual no tardaré en leer.



Mi madre tendrá muchas virtudes, pero hacer regalos decentes no es una de ellas. Por suerte, ha desistido, así que cada año, cuando se acerca mi cumpleaños o los Reyes me pregunta ¿qué quieres? Lo sé, pierde toda la magia, pero a estas alturas casi lo prefiero. 
También me lo pregunta para el detalle que solemos regalarnos en Navidad, así que, cuando me preguntó qué quería le dije: el libro de cartas y postales de Jane Austen. Creo que le sonó un poco raro el nombre tan largo, y entonces me dijo: vale pues cómpralo tú y ya te doy el dinero, que me agobia bajar a Barcelona en Navidades, y de paso le compras un jersey a tu hermano (menos magia todavía). Cuando fui a buscarlo, estaba agotado en todas partes, así que lo encargué por Amazon y me lo mandé al trabajo. Casi no me llega para el 24, ¡pero esa es otra historia!

Ya he dicho que el libro es un tocho. Recoge 161 cartas repartidas en 748 páginas, que a su vez están divididas en seis partes de manera cronológica y geográfica. La mayoría están destinadas a Cassandra Austen (su hermana mayor).
También contiene un epílogo llamado Tras los pasos de Jane Austen que es una biografía de la autora muy centrada en un recorrido geográfico por varias zonas de Inglaterra, como por ejemplo Bath. Para acabar, encontramos un apéndice cronológico de la vida de la familia Austen.
Como veis, el libro es bastante completo, y también incluye un set de postales que contienen citas de sus obras.


 Lo bueno del libro, desde mi punto de vista, y una de las razones por la que lo quería tener es que resulta una manera de acercarse a la autora como persona. No es lo mismo leer una de sus novelas que las cartas que ella mismo escribió a su hermana. Este libro es mucho más humano y real.


lunes, 5 de febrero de 2018

Relato: Hojas de color salmón



¡Hola todos! ¿Cómo ha empezado la semana??
Hace varios días vi la foto de cabecera en el perfil de Instagram de una chica rusa que sigo. Se llama Hobopeeba y sus fotos me gustan mucho porque contienen cierto aire de fantasía romántica. Nieve cayendo, colores dulces y mucha Plaza Roja de Moscú.
El caso es que la imagen me gustó tanto que me inspiró para escribir un relato. No quería utilizar la foto sin su permiso, pero tampoco usar otra diferente, porque la que me había inspirado era precisamente esa.
¿A que es bonita?
Así que le escribí a la chica y le pregunté (en inglés) si podía utilizar la imagen para la cabecera mi blog. Me respondió un par de días después un escueto Yes, hi. Lo cual me hace pensar que o bien es una chica muy ocupada, o no se ha enterado de lo que le he dicho. En fin, voy a aferrarme a ese Yes, hi para autoconvencerme de que me ha dado permiso. Además, le dije que la nombraría en el blog y que indicaría que la imagen es suya, y es lo que estoy haciendo.
Por otro lado, siempre intento participar en El tintero de oro, pero no hay manera de conseguir un texto que encaje en cuanto a tamaño. Siempre me excedo. Así que a ver si la próxima vez puedo.
De momento, aquí dejo el relato que me ha inspirado la imagen de Hobopeeba (Kristina Makeeva).

Hojas de color salmón

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo rojo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper” (Leyenda japonesa sobre el amor y el destino)

Cada tarde, a las cinco, Marcos aparece puntual en la puerta del instituto. Se ha comprado un coche nuevo, uno de esos familiares con algo incorporado llamado control de crucero adaptativo que todavía no sé muy bien qué es. Dice que, ahora que queremos tener familia, necesitamos un coche grande. Yo no creo en esa necesidad, al fin y al cabo, ahora vivimos lejos de la ciudad, y desde casa hasta cualquier punto del pueblo no hay más de veinte minutos caminando. Pero no seré yo quien le robe la ilusión. Es un detalle por su parte que venga a buscarme al instituto, y aunque no lo considero necesario, finjo agradecimiento. En el fondo sé que no es más que un modo amable de pagar su culpabilidad, después de todo, lo hemos abandonado todo por su trabajo. Pero ahora no puedo quejarme, nadie me obligó a aceptar la nueva vida. Así que cada día, a las cinco en punto, salgo por la puerta de profesores, junto a Cati Cantó, la profesora de mates cuyo nombre me provoca cierta gracia por la consonancia. Es una señora pequeña y menuda que viste pantalones ajustados y botas altas. Si no fuera porque se acerca a los sesenta, diría que parece un jockey. Nos despedimos, y me dirijo al coche nuevo de Marcos. Él me ayuda a guardar el violín en el maletero, y dice: qué bien nos va el coche, así puedes guardar tus cositas. Mis cositas son mis instrumentos de música. Al menos podría utilizar otra palabra. Quizás no ha notado que tus cositas conlleva un acusado gesto despectivo, como si fuera un pasatiempo que me entretiene. No le digo que me ofende, Marcos lo hace con buena intención. No hay persona más inocente que él en el mundo. Pero la realidad es que empiezo a odiar ser la profe de música del pueblo. Y a veces le odio a él. Pero ahora no sería justo quejarme, ya lo he dicho antes, nadie me obligó a aceptar esta nueva vida.
Marcos y yo vivimos en una calle diminuta y sombría llamada Paseo de los besos. Es curioso porque allí solo hay viudas mayores y solteros. Yo quería comprar una casa junto a la Plaza de la Vila, cerca del árbol de las hojas color salmón, pero Marcos se negó. Él quería vivir en la antigua casa de sus abuelos, aunque ésta tuviera una proporción desgarbada, más alta que ancha. Así que ahora mi hogar es una casa de piedra que tiene cinco plantas. En la entrada hay un lavabo pequeño y antiguo que tuve que limpiar de moho por miedo a coger una infección. En la segunda, dos dormitorios adolescentes. En la tercera el comedor con un pequeño balconcito de rejas y una cocina de fogones. En la cuarta, el dormitorio de matrimonio con un desvencijado armario empotrado que espero que no me lleve a Narnia un día de estos. En la quinta está el desván, dónde cuidé hasta que se marchó volando a un gorrión herido que encontré en el suelo el primer día que llegué a este pueblo. Por las noches, si me despierto con ganas de ir lavabo, me da miedo bajar hasta la planta baja. Todo es demasiado agreste y desproporcionado. Marcos dice que no hay lugar más seguro en el mundo que el pueblo en el que vivimos.
–¿Qué va a ocurrir en un pueblo? – me dice.
Yo respondo que todos los lugares son seguros hasta que dejan de serlo.  A veces pienso que ojalá ese armario sí me lleve a Narnia. Lo que sea con tal de salir de este lugar.
Un inicio fascinante para el resto de mis días.
¿No?

Preferiría que Marcos dejara de lado esa actitud lastimera. No necesito su compasión, ni que me anime. Pero él es bueno, y lo intenta. Quiere que yo sea feliz para que nos amoldemos pronto al pueblo y todo encaje a la perfección. Así nuestra decisión habrá sido acertada. Y todos estaremos contentos. Como unas castañuelas.

Hoy es una noche especial, porque algunos chicos del instituto van a representar en la Plaza de la Vila una obra de vampiros que ellos mismos han escrito. Leí el guion en el aula de profesores, y me pareció entretenido. Han colocado sillas plegables alrededor de la tarima, y han repartido pastitas de canela. Marcos y yo nos hemos sentado a una distancia prudencial de la tarima, en la terraza de uno de los pocos bares que hay alrededor. Sobre nosotros los flecos de plásticos adornan la plaza. También hay farolillos verdes y rojos. Reconozco que el trabajo por parte del instituto ha sido impecable.
Y entonces miro hacia el otro lado de la plaza, justo donde ésta acaba y las calles solitarias se pierden en la oscuridad. Ahí está el árbol de las hojas color salmón.  Hay algo brillante a su alrededor, no sabría decirlo. Es como una luz entre tanta opacidad. Marcos debe de darse cuenta de que me abstraigo y me llama.
        Olvídate de ese árbol.
        ¿Por qué? Me gusta.
        ¿Que te gusta el árbol?
        Sí, es bonito.
        Tú hazme caso y no te acerques.
        ¿Le ocurre algo?
        Nada – dice Marcos –. No importa, pronto lo talarán.
        ¿Por qué?
        No te preocupes por eso ahora.
        Es que no entiendo por qué iban a talar lo más bonito que hay en el pueblo.
        Porque no es seguro.
No hace falta ser un genio para percibir que Marcos no quiere hablar del tema, pero a mí me sorprende tanto misterio. Él se acaba la cerveza de un trago, y centra la atención en la obra.

Al día siguiente un aire congelado nos invade. No estoy acostumbrada a tanta niebla, siempre he vivido muy cerca de la playa. A la hora del descanso le digo a Cati que he olvidado algo en casa y que volveré enseguida. Ella apenas tiene tiempo de responder, y se limita a asentir con la cabeza mientras me abrocho el abrigo amarillo y me coloco el gorro de lana. Después salgo a toda prisa.

Camino rápido. Sé que tengo que volver antes de levantar sospechas. Me tranquiliza saber que ese día Marcos ha salido del pueblo y no podrá encontrarme fisgoneando. No sé qué me ocurre, pero tengo la necesidad de contemplar el árbol de cerca. Bajo la calle principal y cuando llego a la plaza encuentro los restos de los farolillos y los flecos de plástico esparcidos por el suelo. Se están tomando su tiempo en lo que a limpieza se refiere. Y es en ese instante que empieza a nevar. Son las once de la mañana, pero el cielo se despliega gris y opaco. Parece que sea de noche, es como si unas nubes tenebrosas se hubieran comido al sol. Hace años que no veo la nieve. En la ciudad donde vivía nunca nevaba. Una vez, hace siete años cayó una nevada y parecía que el mundo se acababa. Los coches se quedaron tirados en la autopista durante horas, y el transporte público dejó de funcionar. Pero aquí, parece que es lo normal. No es como en la ciudad. Aquí la gente está preparada. Y lleva calzado adecuado. El mío, sin embargo, se echará a perder. Pero todo esto ha dejado de importarme. Tuerzo a la izquierda y cruzó la plaza. La nieve empieza a engancharse en las puntas de mi pelo. Cuando llego junto al árbol me doy cuenta de que ha perdido las hojas color salmón. En su lugar, los copos de nieve descansan sobre las ramas desnudas. Voy a acercarme, quizás no tendré más ocasiones de verlo de cerca.
Acaricio el troco con los guantes, y aun así puedo notar la robustez. Y entonces, ante mí aparece un chico de mi edad, no sé qué hace ahí detenido, observándome. No es del pueblo, si lo fuera lo habría visto antes. Aquí todos se conocen. Tiene el pelo ensortijado y rubio. Parece uno de esos Vikingos que salen en la serie que aún no he visto. Solo que viste con chaqueta de pana y lleva barba rasa. Me parece atractivo, y eso que siempre preferí los hombres morenos. Pero no sé quién es. Me dice algo que no comprendo. Debe de ser sueco, o ruso. O de Islandia. A saber. Tras de él se extiende una vasta explanada verde con un lago congelado a lo lejos. Hay un camión con troncos de árboles junto a una caseta roja que parece un granero. Creo me estoy mareando, o que he bebido demasiado café para la poca actividad que hay en este pueblo. No sé dónde estoy.
Doy unos pasos hacia atrás, muy perdida, y cuando recobro la compostura he vuelto a la plaza. Los vecinos pasan por mi lado sin darse cuenta de que estoy aturdida. O quizás me estoy volviendo loca. Ha dejado de nevar, y el árbol luce de nuevo sus hojas color salmón.

Me prometo a mí misma olvidarme del tema, y esa noche trato de centrarme en la lectura de mi ebook sobre alimentos que fomentan la esterilidad. Marcos dice que no me quedo embarazada porque estoy estresada, cosa que no entiende, porque no existe un lugar más tranquilo que el sitio donde vivimos ahora. Será una de esas paradojas de la vida, pienso yo.
Lo observo caminar por la habitación, hasta que se mete en la cama conmigo. Dejo el ebook en la mesita y traicionándome a mí misma le digo con fingida inocencia:
–¿Qué le ocurre al árbol?
–¿Qué le ocurre?
– No lo sé, ayer me advertiste como si fuera peligroso.
Marcos tarda unos segundos en responder. Se quita las gafas y tuerce el gesto.
– En algunas ocasiones ha desaparecido gente. Y siempre ha sido justo ahí.
–¿En el árbol?
– Sí.
–¿Ha desparecido gente en el árbol? ¿No decías que éste es el lugar más seguro del mundo?
– Si, nadie va a entrar a robarnos. Lo que ocurre es que a lo largo de la historia han desaparecido tres personas junto al árbol. Y nunca se les ha vuelto a ver. Es todo muy raro.
–¿Pero nadie sabe qué les ha ocurrido?
– No. Quizás hayan huido del pueblo. Sería lo más probable.
– O quizás los hayan secuestrado.
– Hay una teoría absurda que circula entre la gente mayor. Hablan de esa estupidez del hilo rojo.
–¿Qué dicen?
– Dicen que el árbol te lleva junto a la persona que tiene atado el otro extremo de tu hilo rojo. Sabes la leyenda, ¿no? Todas las personas estamos conectadas con otra mediante un hilo rojo invisible.
–¿Quieres decir que el árbol te lleva ante el amor de tu vida?
– Supongo, sí. Pero son estupideces. Y aunque fuera cierto no te preocupes, porque el amor de tu vida soy yo.
Marcos bromea al respecto, y me da un beso cariñoso en el cuello. Pero yo no puedo dejar de pensar en lo que he visto.
– Además, lo talarán en breve. Así que un problema menos.

Vuelvo a decirle a Cati que me he olvidado algo en casa. Ella me lanza una mirada escéptica, pero tampoco realiza un comentario al respecto.
Salgo corriendo, y bajo por la calle principal. Las manos se me congelan del frío que hace ese día, y al llegar a la plaza comienza a nevar. Giro a la izquierda y me acerco al árbol. Ha vuelto a perder las hojas y ahora su aspecto provoca cierta sensación de escarcha. Como los pescados en el mercado.
Acaricio el árbol y enseguida la explanada verde vuelve a aparecerse ante mí. Quizás debería adentrarme. Si esto es producto de mi imaginación alguien me recogerá cuando me desmaye. Doy un par de pasos y dejo atrás el árbol. Y es en ese momento cuando el chico rubio aparece de nuevo. Es terrible. Viste una camisa de franela y lleva los pantalones raídos en los bajos.
– Who are you?
Eso sí lo entiendo. Me ha preguntado quién soy. Tiene una voz fuerte, pero está tan sorprendido como yo.
–I’m Clara – le digo y me señalo el pecho como si fuera Jane. Qué patética.
Entonces me ofrece la mano para saludarme.
–Hansel– dice.
Me hace gracia que alguien se llame como el niño del cuento, pero trato de no reírme para no parecer infantil.
Hansel habla inglés, menos mal. Yo no lo hablo tan bien como él, pero nos entendemos. Me dice que hace bastante frío en esa época del año. Le doy la razón, mi gorrito y mi abrigo empiezan a ser insuficientes. Me sorprende que él lo tolere. Quizás está acostumbrado. O quizás es un vikingo de verdad, con esa fuerza de pueblo tan folclórica. No tengo ni idea de dónde estoy. Ayer pensé que podría ser Suecia o Rusia. Sólo sé que hay nieve en la punta de las montañas, y el verde del campo está marchito. Aun así, me parece un paisaje precioso. No sé de dónde viene el nombre de Hansel. ¿Es alemán? Pero no estoy en Alemania, eso lo sé. Quizás en Islandia.
Hansel me invita a entrar en una taberna que hay junto al lago. No es gran cosa, pero al menos no me congelaré de frío.
El antro tiene paredes de madera, y mesas alargadas de tablones húmedos. El camarero, un señor robusto que tiene la piel rosa como los cerditos de los dibujos nos sirve dos jarras de cerveza. Yo no tengo cuerpo para esa jarra, pero no la rechazo. Haré lo de siempre, cuando no pueda más pondré cara de pena y se la regalaré a otra persona, en este caso a Hansel.
Él me explica que trabaja en un hotel familiar, a pocos kilómetros de donde nos encontramos. El hotel es un edifico tradicional a pie de los mismos fiordos. Así que estamos en Noruega. Me dice que, aunque no lo crea, aunque ahora lo vea todo tan desolado, el turismo es elevado y el hotel da para mucho. Le digo que le creo, y que me encantaría visitar los fiordos. Me responde que me los enseñará. Esto es antes de que le explique mi aburrida vida como profesora de música. Por alguna razón omito a Marcos. Ni yo entiendo la razón. Tal vez porque si hablo de él tendré que asumir que detesto mi vida en el pueblo. Sí, debe de ser por eso. Sin embargo, Hansel no es la persona más céntrica del mundo, pero su vida me encaja más.
Sin darme cuenta me he acabado la cerveza. Me chispean los ojos y me ha invadido una risa tonta. Le digo a Hansel que debería irme.
No sé ni qué hora es, pero empiezo a presentir que me he saltado la clase con los chicos de cuarto. Acelero el paso en la explanada verde y Hansel camina junto a mí. Encuentro el árbol a lo lejos, pero algo le ocurre. Está torcido. Entonces escucho un golpe seco y el árbol se quiebra todavía más. Corro hasta él y Hansel me sigue. El árbol se está cayendo. Recuerdo que Marcos me dijo que iban a talarlo, pero no que sería hoy. Creía que estas cosas se planean de un mes para otro. Empiezo a correr, y Hansel me adelanta. Es como si quiera detener el taxi que se me escapa. Pero cuando llegamos, el árbol ya ha caído al suelo y las hojas color salmón se esparcen sobre la hierba.
No se me ocurre nada que decir, estoy tan confusa que ni siquiera tengo ganas de llorar. Me he quedado atrapada en otro mundo. O en otro lugar. Me aterra la idea de no estar ni siquiera en la misma época. Podría coger un avión de vuelta a casa, aunque ¿con qué dinero?
–Puedo enseñarte los fiordos – dice Hansel.
Un rayo de sol cae en vertical sobre su pelo y los ojos se le iluminan. Tienen un matiz verdoso sin llegar a ser demasiado llamativos.
– Vale, sí. Quiero verlos – le digo.
Y echamos a caminar hacia el hotel de su familia, al otro lado del lago. Justo donde empiezan los fiordos.




viernes, 2 de febrero de 2018

Sobre literatura: Lecturas de enero




Hola a todos. ¿Cómo va vuestra semana? He estado un poco ausente últimamente, pero es que enero ha sido un mes bastante estresante en cuanto a trabajo y casi no he tenido tiempo de escribir. Ni de escribir ni de ver series, ni de pasarme por los blogs, pero poco a poco me estoy poniendo al día con mis cosas.
Lo que sí he hecho ha sido leer, aunque, de todos modos, menos de lo que me habría gustado. Además, me he apuntado a un grupo en Facebook que se llama Tarro-libro, el cual descubrí en el blog de Rosa Berros. Consiste en guardar un euro en un tarro por cada libro leído, y al acabar el año, la cantidad recogida se gastará en nuevos libros. Me encantó la idea cuando Rosa la explicó, y me ha sorprendido la enorme actividad que tiene el grupo.

En fin, no me entretengo más, mi primera entrada del año la voy a dedicar a los libros que he leído durante el mes. Algunos me han gustado más que otros, y otros me han sorprendido para bien, ya que esperaba bastante menos de ellos.

Alias Grace (Margaret Atwood)


Ya hablé hace algún tiempo de El cuento de la criada y de cómo me había gustado la novela. De hecho, al terminarla tuve ganas de leer más obras de la autora, y como hasta hace aproximadamente un mes en la Fnac sólo se encontraban El cuento de la criada y Alias Grace, pues me compré este último. Y fue una de esas grandes casualidades, porque Alias Grace me ha parecido una obra maestra. El cuento de la criada me gustó, pero esta historia me ha tenido enganchada y maravillada de principio a fin. Quizás han sido los personajes, o la manera de narrar tan íntima de la autora, pero hacía muchísimo tiempo que una novela no me cautivaba tanto. (Bueno, quizás no hace tanto tiempo, el año pasado leí Patria, y es una novela que recomiendo por la fuerza narrativa). Quizás, lo que me ocurre con Margaret Atwood es que empatizo demasiado con sus personajes.
Antes de seguir hablando de este libro aclararé que la historia está basada en un hecho real ocurrido en Canadá en 1843. En ese año, Thomas Kinnear y su ama de llaves Nancy Montgomery fueron asesinados por los sirvientes del primero, Grace Marks y James McDermott. Él fue acusado inmediatamente, pero en el caso de ella, nunca se demostró si había sido culpable o no.
Algo que me ha gustado mucho de esta novela ha sido que la autora intercala entre capítulos declaraciones de la auténtica Grace Marks realizadas en la época, y alguna que otra nota de prensa.
El final de la novela me sorprendió, porque no me lo esperaba, aunque también entiendo que es producto de la fantasía de la autora, y que no determina la culpabilidad o inocencia de la auténtica Grace Marks.
Como veis, esta novela me ha apasionado. Eso sí, a los que no os guste las descripciones demasiado detalladas quizás se os haga un poco pesado. A mí sí me gusta que Grace se quede observando el movimiento de las flores durante un rato y que de vez en cuando haga balance de su vida y de las personas que han pasado por ella.
Mi nota en Goodeads: 5 estrellas
Nota general: 4 estrellas

Una corte de rosas y espinas (Sarah J. Maas)


Y… ¿qué hago yo leyendo esto? Pues no lo sé muy bien. Vi en Instagram que la mayoría de mis seguidoras (hablo en femenino porque diría que el 99% de mis seguidores son mujeres) leía la novela y estaban maravilladas con la historia, así que me subí al carro. En realidad, es la primera parte de una trilogía, y como se aprecia en la portada y en el título, se trata de novela fantástica y juvenil.
El argumento: Feyre (una cazadora muy joven de un mundo que podríamos definir feudal) asesina sin pretenderlo a un Alto Fae, un inmortal de la Corte Primavera (la Corte Primavera es un mundo mágico que hay a las afueras del mundo mortal). Por si no ha quedado claro, los Alto Fae son inmortales, y además guapos. El caso es que Feyre asesina a uno de ellos en un día de caza después de que éste haya adquirido la apariencia de lobo para introducirse en el mundo mortal. Entonces, como castigo, el Lord de los Alto Fae se presenta en su casa y se la lleva presa. Cuando Feyre llega a la Corte Primavera advierte que todos los habitantes (todos ellos Lores de la realeza) llevan máscara, y esto es por un hechizo al que están sometidos desde hace tiempo. En resumen, es el cuento de la Bella y la Bestia reformado. Sólo que la Bestia es un Alto Fae (tienen orejas puntiagudas, así que son elfos de toda la vida) y Bella una campesina brutota que caza para mantener a su familia.
Ya he dicho que la novela es juvenil, así que las descripciones son bastante llanas, del estilo: se enfadó y apretó el puño. Son descripciones muy de serie B, porque nadie real aprieta tanto el puño cuando se enfada, a menos que tenga problemas con el control de su ira.
Pero lo más curioso es que, pese a todos los puntos negativos que he ido comentando, la novela me ha gustado. Y me ha gustado porque me he enganchado a la historia ágil y un poco de culebrón. Es más, creo que me voy a leer los dos libros que me quedan, aunque dosificaré las sesiones de Altos Fae.
En resumen, entiendo que a los adolescentes les guste esta novela, porque en realidad, es una historia bastante bonita. Me alegro de que se fomente la lectura en la juventud con este tipo de historias. Si en mi época de instituto hubiera existido un abanico más amplio de novela juvenil quizás más adolescentes se habrían aficionado a la lectura. En Instagram me siguen chicas muy jóvenes que leen muchísimo y que utilizan esta red social para crear cercanía con otras de las mismas edades y con quien comparten gustos. Y pienso, ojalá yo hubiera tenido ese refuerzo a los 15 años.
Bueno, ya iré diciendo como acaba la súper historia de la cazadora y los Altos Fae y la Corte Primavera (porque hay más Cortes, por supuesto).
Mi nota en Goodreads:4 estrellas (creo que fui benévola, pero es que no se pueden puntuar medias estrellas, y un 3 me parecía poco)
Nota general: 4,25 estrellas

Nada se acaba (Margaret Atwood)


Después del empacho élfico y puños cerrados necesitaba otra vez las extensas descripciones de Margaret Atwood (a este paso la voy a empezar a llamar Maggie). Así que empecé a leer esta novela que me compré en Amazon. Ya he dicho que en la Fnac no había mucho más y como soy muy ansiosa no me podía esperar a que se pusiera aún más de moda.
Me está quedando una entrada un poco larga, así que voy a intentar no explayarme demasiado.
El argumento de Nada se acaba es puramente urbano, tanto como sus personajes: un matrimonio, Nate y Elizabeth, ha caído en la más absoluta rutina y ambos llevan una vida independiente. Cada uno tiene sus amantes de forma consentida por el otro miembro de la pareja. La historia empieza cuando el amante de Elizabeth se suicida. No es que sea un hecho relevante en la historia, pero sirve para definir en cierto modo al personaje de Elizabeth. Al mismo tiempo, Nate decide dejar a su amante, ya que la poca estabilidad emocional de la mujer le genera dudas y un poco de recelo. La pregunta es, ¿por qué siguen juntos Nate y Elizabeth? Pues en primer lugar por las hijas pequeñas, y después porque ninguno ha llegado todavía a enamorarse de sus amantes. Y aquí es cuando la historia da un giro, porque cuando Nate conoce a Lesje, una paleontóloga muy centrada en su trabajo y de carácter dócil, se sí enamora de ella.  Es entonces cuando se planeta romper definitivamente su matrimonio.
Esta novela me ha gustado bastante, aunque no tanto como Alias Grace. En realidad, son muy diferentes. Como he dicho, ésta es una historia muy urbana.
Mi nota en goodreads: 4 estrellas
Nota general: 3,41 estrellas

Ojos que no ven, corazón desierto (Iris García Cuevas)


Este libro de relatos me lo envió la editorial La Moderna, y he tardado muy poquito en terminarlo. Es un recopilatorio de doce relatos que muestran el lado más turbulento de México. Así que sus protagonistas están formados por líderes corruptos, prostitutas y mafiosos. Aunque contiene una alta dosis de violencia, asesinatos y violaciones, ésta no es demasiado explícita, así que no hay partes que sean hirientes. Además, se lee muy rápido, y las historias consiguen enganchar. Al ser la escritora mexicana he encontrado expresiones a las que no estaba acostumbrada, y no entendía bien su significado, como por ejemplo A mí me vale madres el fútbol, que significa Me importa poco el fútbol (las he buscado, sí). En resumen, el libro contiene una ambientación muy trabajada y los diálogos de calle resultan creíbles.
Mi nota en goodreads: 3 estrellas
Nota general: 5 estrellas

Y estas han sido mis lecturas del mes, que suponen 4 eurillos en mi tarro libro.   

Ahora estoy leyendo Extraños en un tren, y La niña en la ventana. Pero ya hablaré de ellas el mes que viene, cuando recopile las lecturas del mes.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Relato: Tu lugar en la mesa


¡¡Hola a tod@s!!

¿Cómo van las fiestas? Desde hace bastantes días no he podido casi publicar. Mi propósito de año nuevo va a ser una mejor organización, espero poder cumplirlo.
He escrito un relato navideño. Navideño a mí manera, claro :)) ¡¡espero que os guste!!!
Ya no volveré a publicar nada hasta enero, me despido de todos y os deseo una muy Feliz Navidad y un feliz año nuevo.
¡¡¡Un besoteeeeee a todos lo que me leéis!!!


Tu lugar en la mesa.

Quien inventó la navidad en diciembre debía de vivir en un lugar cálido, un lugar como El Caribe o Dubái. Un lugar de palmeras y cocos dónde jamás te invade la pereza si son más de las ocho de la tarde y el vidrio de la ventana lleva largo rato escarchado por los bordes. Y cada año es la misma historia ¿dónde voy yo en noche buena con este vestidito? ¡Con el frío que hace! Además es un frío mediterráneo, de esos húmedos, de los que aunque te abrigues con toda la ropa que encuentras en el armario, se te sigue introduciendo en el cuerpo. El caso es que sé que después se me pasará. Durante la cena entraré en calor. No es de extrañar, con tanta gente apretujada y los niños correteando de un sitio a otro. Eso sí, el camino a casa de mis padres es un suplicio.
Llego al coche en bambas (claro, los tacones son para ponérmelos en la puerta) y el volante está helado. No es que mis padres vivan especialmente lejos, pero la comodidad es la comodidad. Lo difícil será tratar de aparcar. Pero como decía Scarlett O’Hara, ya lo pensaré después. En realidad, ella decía ya lo pensaré mañana.
Mi madre no lleva bien el ser anfitriona, pero este año no ha podido escabullirse y ha recaído sobre ella el tema de la organización. Y aunque me sorprenda, se ha esmerado. Ha comprado un árbol blanco y lo ha adornado con tiras doradas y bolas brillantes. También hay algún corazón con purpurina plateada. Ha quedado muy clásico y bonito. Bajo el árbol, se acumulan los regalos. El Belén tampoco es el mismo Belén cutre de cada año. Antes, el establo tenía las marcas de nuestro perro labrador, un río construido a base de papel de plata y una estrella torcida que daba la impresión de estar apunto de estrellarse sobre los pastores. Y aunque todo esto suene a chapuza, el tamaño de las figuras era lo más escandaloso. Mi madre sólo tenía que prestar atención en ir agrandándolo de forma armónica. Pero ahora los personajes están formados por figuras uniformes. Hace años, mi hermano y yo solíamos reírnos del desastre, y colocábamos al conejo junto al pastor, que eran del mismo tamaño. Era como un pesebre mutante de animales genéticamente alterados. Hasta que mi madre se ofendió y ya no volvimos a sacar el tema nunca más.
Pero este año se ha esforzado. Ha comprado un Belén nuevo de figuras uniformes. Ya no parece que el conejo vaya a comerse vivo a un pastorcillo, ni que la lavandera pueda matar a uno de los camellos de una patada. Incluso hay un molino cuya fuerza del agua empuja las aspas. Y es agua auténtica.

Cuando aparezco en el salón algunas miradas se vuelven hacia mí. Besos, saludos, ¿cómo estás? Hace meses que no te veo...se me empieza a pasar el frío. Los minutos que siguen son una sucesión de momentos triviales y corrientes. Primos pequeños que corretean, alguien sale a fumar al balcón por respeto a la gente no fumadora y a alguna embarazada, cervezas que circulan por la mesa. De fondo, en la tele están dando Love Actually. La habré visto diez o quince veces, pero nunca me canso de ver a Rick Grimes diciéndole a Keira Knightley para mí, tú eres perfecta. Y sé que Rick Grimes es la manera en la que lo he encasillado, pero ¿qué le vamos a hacer? Y entonces llega el momento en el que alguien realiza la gran pregunta: ¿Has venido sola? Algunas personas callan de inmediato, y esto, me genera un poco de rabia. Ellos saben que he venido sola, la pregunta sobra, o quizás se debería formular de otra manera.
Pero, ¿no hay posibilidad de que os reconciliéis?, dice mi tía Carmen.
Se ha teñido el pelo de rojo cobrizo, y los rizos parecen más pequeños y a la vez voluminosos en lo alto de la cabeza. Se le ven mejor los pendientes diminutos. A decir verdad, no es el nuevo tono de pelo lo que me sorprende. Tengo la impresión de que nunca me acostumbraré a verla sin su bata de frutera. Mucho menos maquillada. No sé que lápiz de ojos ha utilizado, pero el negro se le ha corrido ligeramente en el párpado superior.
No, digo, y suena una negativa rotunda.
A lo lejos, mi madre finge que no atiende a mi respuesta. Y entonces mi tío me propina una palmadita en el hombro.
Tienes que vivir la vida, comenta.
Liam Nesson pretende ayudar a su hijastro a conseguir a la niña de la que está enamorado. Respondo a mi tío con una sonrisa forzada, aunque él no advierte que lo es. Lo hago para salir del paso y sorprendentemente, surte efecto.
Llega el momento de sentarnos a la mesa. Yo siempre ocupo el sitio a la izquierda de mi tío Samu. Me saca quince años, aunque parece que nos llevemos cinco. También tenemos el pelo de una tonalidad parecida, lo cual provoca que parezcamos hermanos. Aunque no lo reconozca, mi tío se cuida, y sus cremas son más caras que las mías. Cuando bebe vino la nariz se le pone roja y empieza a soltar refranes mal dichos, como Al mal tiempo pocas palabras bastan. Le rectificamos, le decimos que no se dice así. Además, su refrán no tiene sentido alguno. Pero él es cabezón, y se defiende basándose en su derecho de expresarse como quiera. A veces, hablar con él es como discutir si el agua moja.
Pero esta vez, cuando estoy a punto de sentarme, mi tía Carmen me dice:
Tú no vas ahí, tú vas en la mesa de los niños.
La miro, sin entender.
Siempre me he sentado al lado de Samu, respondo.
Sí, pero está vez no cabemos, y si te sientas al lado de Samu, alguna pareja quedará desequilibrada. Mejor que te sientes tú con los niños. No te importa, ¿verdad?
No veo el inconveniente a que una pareja se separase durante un par de horas. Pero mi primo Ramón se me acerca con su reciente mujer Sonia, y me gastan una broma banal en la que me piden que me vaya. Medio en broma medio verdad, pero me han echado del lado de mi tío Samu.
Ay pequeño pony, que nos separan, dice Samu.
Deja de llamarla así, interviene Ramón, que ya tiene más de treinta años.
Como todos opinan que, por temas de organización, yo no quepo en la mesa, no rechisto demasiado. Te puede gustar más o menos una democracia pero si es lo que todos quieren... El año pasado mi primo Ramón estaba sentado en la mesa de los niños. Aún no conocíamos a Sonia. Cómo cambian las cosas en un año.
Me siento en una silla plegable. Muy incómoda, pero qué le vamos a hacer.
¿Dónde está tu novio?, me pregunta Martina con una voz que parece que me esté reprochando algo grave.
Tiene nueve años y la repelencia le sale por las orejas. Tampoco es que sea repelente a lo repipi, más bien a lo entrometida. Tiene la mente dura y suelta las palabras de una manera demasiado directa. Sólo caben dos opciones con Martina. O no existe un filtro entre su cerebro y la lengua capaz de medir las estupideces que dice, o como se dice vulgarmente, se la suda todo. Sólo tiene nueve años, sí, pero no se le escapa una. Cuando nació pensé que mi prima Susana me había robado el nombre. Si algún día tenía una hija ya no le podría poner Martina, porque no me gusta repetir nombre dentro de una misma familia. Ahora la niña me ha condicionado. Odio el nombre de Martina.
No tengo novio, digo.
¿Os habéis enfadado?, utiliza ese tonillo de indiscreción.
Sí, nos hemos enfadado.
Pues muy mal, porque era muy guapo.
Puf, resolo, tampoco era para tanto, pienso. Y así me consuelo.
Mi primo Oscar le lanza un ganchito a Martina.
Cállate, y come, le regaña.
Me fijo en los platos. La parte buena de tratarse de la mesa de los niños, es que tenemos más croquetas.
¿A ti te gusta el Nestie? le pregunta Naia a Martina.
No, el Nestie es malo, le responde.
Pues Carol lo bebe.
Pues Carol hace mal.
Y, ¿tú que bebes?, me pregunta Naia.
Yo bebo vino, digo.
Y ¿eso es malo?
Las observo. Naia es guapa, tiene el pelo bonito pero obedece demasiado a Martina. La manipuladora y la manipulada, y aún no tienen ni diez años. Con el tiempo la situación será perjudicial para una y beneficiosa para la otra. Lo que se conoce como relación tóxica, y además entre primas.
Déjamelo probar, me exige Martina.
No.
¿Por qué? A tú novio le dejabas beber vino, ¿por eso ya no es tu novio?
Me estoy irritando con una niña de nueve años. Debería tratar de ser más madura.
No lo digo yo, respondo, lo dice tu madre. ¿Le preguntamos si puedes beber? No tengo claro que no te vaya a castigar.
De un trago me bebo más de la mitad de la copa de vino. Al menos Martina se ha callado y yo podré descansar. Pero mi primo Oscar, que se sienta delante de mí, me tira un ganchito.
Despacio, que te veo con mucha sed.
Dejo la copa sobre la mesa, y el contacto produce un golpe seco. Justo al lado está el vaso de Nestea de Carol.
Mi prima no come, se limita a tontear con la comida. Se me había olvidado que ella hace poco que se ha separado de su marido. No tienen hijos y ni siquiera han cumplido un año de casados. Es uno de esos casos en los que, después de diez años de noviazgo, se casan para divorciarse a los pocos meses. La generación de los adultos no lo entiende. Nosotras pertenecemos a los jóvenes, y después están los niños. El caso es que mis tíos y mis tías se sorprenden, y mis padres no difieren en pensamiento.
¿Cómo puede ser? ¿No os distéis cuenta antes de casaros?
Yo entiendo a Carol. Seguramente, ya tenía dudas antes de la boda, pero los años y la vida compartida desequilibra la balanza. Hacia el lado equivocado, sí, pero es desequilibrio igual. Resumiendo, se casó porque tocaba. Y ahora los conflictos conyugales son demasiado tensos. El caso es que él ha conocido a otra chica, pero eso sólo lo sé yo. Y ahora Carol únicamente está de cuerpo presente, pero no de alma. Parece un fantasma que no sabe ni a quién asustar.
Ei Carol, mira.
Con dos ganchitos simulo que tengo colmillos. Pero mi gesto no le hace gracia. Enseguida me arrepiento y pienso que me merezco la mesa de los niños. Desde la otra mesa, mi hermano me mira con expresión a medio camino entre la censura y la vergüenza.
¿Qué haces?, leo en sus labios.
Me encojo de hombros para evadir su comentario, e intento consolar a Carol de nuevo.
Va, Carol, anímate, trata de pasártelo bien.
Sí, claro.
¿No quieres un poco de vino?
No, no. Gracias.
Carol ha caído en el lamento de la persona abandonada: ¿por que yo? ¿Qué he hecho? Si ese día que fuimos a...hubiera actuado como... ¿Qué tengo de malo?
Yo estoy más acostumbrada, he vivido varias rupturas y sé que estos días de duelo son una inversión a futuro, sé que si estoy triste después estaré mejor. Así que mi afectación exhibida es prácticamente nula.
¿Como puedes estar tan contenta? Seguro que él esta de bajón y tu aquí bebiendo tu vino, me reprocha Carol.
Sus palabras me duelen, todos somos libres de canalizar nuestros sentimientos según nuestras preferencias.
No sé él si esta mal, quizás se ha ido de fiesta, eso no lo se. Quizás hoy estará de bajón, pero mañana será feliz. Nadie se muere por nadie.
En la mirada de Carol hay un deje de rencor. Seguramente piensa que soy una insensible por no estar lamentándome como ella. La perdono y lo atribuyo a que todavía se aferra a idea novelesca de un hombre, un príncipe, un amor.
¿Cuántas personas hay en el mundo? ¿Con cuantas podría compartir Carol esa afinidad que se siente en la etapa del enamoramiento? ¿Qué posibilidades hay de que Carlos, que vivió en el mismo barrio, de la misma ciudad, del mismo país, sea el amor de su vida? Quizás el amor de su vida está en Sudáfrica, o en Canadá. Carol solo tiene que entender que debe dejar transcurrir el tiempo.
Y entonces se escucha:
Míralas, este año las dos solteras.
Las palabras de mi tía Carmen perforan en Carol como un puñal. Y los ojos se le ponen vidriosos. Los comentarios se extienden, parece que incluso les haga gracia. Estoy a punto de gritarles a todos que no tienen corazón. Es evidente que no lo hacen a propósito, no saben lo frustrante que resulta romper una relación en la que tenias puesta todas tus esperanza. Ellos se casaron a los veinte y siguen con la misma persona, porque ya se sabe, antes todo era diferente. Pero son incapaces de advertir que Carol está sufriendo. Yo estoy mas acostumbrada, ya lo he dicho, pero ella esta sufriendo de verdad.
Ei carol, que estas muy seria, y Oscar le lanza un ganchito, que mi prima no se molesta ni en esquivar. Le da en toda la cara y cuando cae en su falda plisada, que recuerda a las animadoras si no fuera negra, yo se la expulso con las manos. Ya barreremos después.
No te preocupes por mí, me dice. En ese momento suena su móvil. De reojo veo que es Carlos. Carol tarda poco en levantarse y en encerrarse en una de las habitaciones. Permanece allí unos cinco minutos. Nadie se da cuenta de que falta. Pero para mí es como el gato de Cheshire, que está pero no está. Y yo me siento al respecto como Alicia después de ver al gato, entre confusa y acobardada. Cuando vuelve, su rostro está iluminado, creo que mis terribles sospechas se han hecho realidad. Carol parece otra persona.
Era Carlos, me dice, vamos a volver juntos.
¿Pero qué dices?, me escandalizo, te ha dejado por otra persona, ¿no le ha ido bien y ahora vuelve a ti?
No es eso. Es que se ha dado cuenta de que me quiere.
Qué va. No seas tonta, no lo perdones.
Pero Carol no me oye, se levanta y se acerca a la mesa de los adultos y algunos jóvenes. Martina y Naia están gritando mucho y casi no escucho a Carol darles la noticia. Se extienden unas risas que me llegan diferidas. Y entonces, mi tía Carmen le dice:
Ay Carol, me alegro mucho, coge la silla y siéntate aquí.
Carol obedece de inmediato. Le hacen un hueco como pueden, y empieza el interrogatorio. ¿Cuándo habéis hablado? ¿Cuándo os veréis? Entonces ¿vuelves al piso con él?
Que Carol haya obtenido el privilegio de volver a la mesa de los adultos me conmueve, pero no en el buen sentido. Es como un sentimiento de injusticia que me arde por dentro.
Y me doy cuenta. Todo es una gran mentira. La mesa de los niños, en realidad es la mesa de los solteros.
Nos están marginando, le grito a Oscar.
Pero él está jugado con Samuelet, que es el hijo de mi primo Samu. Oscar me presta una atención nula. Esas cosas ni le importan ni le afectan.