martes, 17 de octubre de 2017

Relato: Interstate 5 (Parte 3)


¡Hola a todos! Os dejo la tercera parte de la historia de Dani y Natalia por tierras californianas.
Para los que queráis acceder a la primera y segunda parte aquí tenéis el link:


''Espero que os guste!! :)

Al tratar de ponerse en pie, Dani efectuó un gesto nervioso que le quedó violento. Cuando se apoyó en la mesa, ésta se agitó ligeramente. Lanzó una mirada a la dueña del establecimiento, a medio camino entre el desafío y la inseguridad, y sin pronunciar palabra se adentró en el pasillo que conducía al lavabo de mujeres. Encontró una estancia cuadrada, blanca y pequeña, que también hacía función de trastero. Una fregona mugrienta descansaba sobre un cubo de plástico carcomido. Un váter sin tapa, y una pica amarillenta. Eso era todo. Llamó a Natalia pero no obtuvo respuesta. Después se dirigió al lavabo de hombres. Nada. Natalia tampoco estaba allí.
Volvió a la sección restaurante, el matrimonio lo contemplaba distante, como si no comprendiera.

¿Por qué lo miraban así? Ellos habían secuestrado a Natalia.

Cogió aire, tratando de poner en orden las ideas. Estaba igual de enfadado que asustado.
–¿Algún problema?– dijo el hombre de rostro aporcelanado.
–Yo he venido con una chica, se llama Natalia. ¿Dónde está?
–Le repito que usted ha venido solo.
–Por favor–prosiguió el hombre–, le voy a pedir que abandone el local, está asustando a mi señora.
Dani dio media vuelta y volvió a llamar a Natalia. Dio cuatro gritos pero no obtuvo respuesta, y finalmente, desesperado, se dirigió a la calle.
Al abrir la puerta el sol fuerte le cayó como una losa. Se detuvo junto al jarrón de cerámica, para poder pensar con calma, lejos de esos dos secuestradores y a saber qué más.
–Señor, voy a llamar a la policía si no se marcha– comentó la señora a sus espaldas.
–No, a la policía la voy a llamar yo.
Dani oteó el perímetro. La gasolinera, el Starbucks, el Burger King, todo permanecía en su lugar. Incluso la furgoneta blanca continuaba allí. Y entonces vio algo de luz, una esperanza remota. El chico pelirrojo. Él tendría que servir de ayuda. Se acercó a toda prisa y la chica de la gasolinera, al verlo, se alarmó. En un inglés mediocre pero suficiente le pidió que llamase a la policía y ella, que no tendría más de veinte años, obedeció. Inmediatamente caminó entre los coches, buscando al chico pelirrojo de la furgoneta blanca. Al fondo, la pareja de mexicanos aún lo observaba trajinar.
–Perdonad, perdonad, me he cruzado antes con vosotros.
–Si – dijo el chico pelirrojo.
–Me habéis visto, ¿verdad?
–Yo no–dijo una chica que posiblemente era menor.
–Yo no–dijo otro desde dentro.
–Yo sí– dijo el pelirrojo.
–De acuerdo, entonces, me has visto ¿Y has visto que iba con una chica? Una chica rubia, no muy alta.
El pelirrojo dudó.
–Sólo te he visto a ti. Lo siento, no me he fijado.
Dani emitió un suspiro desesperado.
–Oíd–señaló al matrimonio que, desde la distancia, seguía siendo testigo de los actos de Dani–. Ese matrimonio de ahí ha secuestrado a mi novia, la tienen encerrada a saber dónde. Ha ido al lavabo y no ha vuelto. De eso debe de hacer veinte minutos.
Ante la noticia la gente se arremolinó.
–Está bien–dijo la chica de la gasolinera con tono pacificador–. La policía está de camino. Ya los he llamado, no tardarán en llegar, cálmese.
Dani le devolvió la mirada al matrimonio.
Qué impotencia.

Estos debieron de sentirse cohibidos, o cansados de la escena ¡A saber! Y entraron de nuevo en el local cerrando la puerta a sus espaldas.
La policía llegó pasado un cuarto de hora, cuando Dani daba pequeños pasos sin rumbo en la puerta de la gasolinera.
La chica, le hacía una compañía silenciosa a unos pocos pasos de distancia. Él ni siquiera advirtió su intento de apoyo moral, y cuando la pareja de policías, mujer joven y hombre mexicano de mediana edad, inspeccionaron el restaurante, él casi no le dirigió la palabra. Ella no lo reprochó, claro, porque ya se sabe que en momentos de tensión no hay cabida para las tonterías.
Al poco, la pareja de policías salió del local. Comentaron algo en la puerta, como si realizasen un pacto entre ellos, o ultimasen los detalles, y después se dirigieron hacia la gasolinera.
–No hemos encontrado nada fuera de lo normal.
–¿Qué? ¡Venga, hombre!
El policía habló con firmeza, con la mirada puesta en el recinto, y aquel gesto a Dani lo desesperó todavía más.

Al menos podría mirarme a la cara mientras me habla, ¿qué falta de respeto es esta?

Vio como subía la cintura del pantalón de una forma muy chabacana, casi pueblerina.

Por favor, que estamos cerca de Los Angeles, no hay catetos en esta zona. Pues parece que sí.

–¿Tiene pruebas de que una mujer viajaba con usted?
–¿Cómo que si tengo pruebas? Pues claro que las tengo.
Trató de calmarse, alguien nervioso pierde toda credibilidad. Pero, ¿cómo iba a ser capaz? Habían secuestrado a Natalia, y mientras, los mexicanos mostraban una actitud distante y asustadiza, como quien asume el inconveniente de tratar con un cliente chalado. Refugiaban su emoción en el buen actuar de la policía. Les habría destrozado ese local barato a machetazos, hasta encontrar a Natalia.
–Han secuestrado a mi novia–repitió como si tratara de hacer entender a un niño.
–No hemos encontrado a nadie.
De repente, a Dani se le ocurrió una idea.
–Venga conmigo.
Se dirigió al Chevrolet, con paso rápido. A esa hora el calor había atenuado y un aire más agradable se había instaurado en su lugar.
–Su maleta está en el coche.
Pero al abrir el maletero encontró únicamente la suya.
–No lo entiendo, aquí estaba su maleta. La maleta gris de Natalia.
–Mire, hemos contactado con el hotel de Los Angeles, dicen que usted se alojó solo. Que no le acompañaba ningún hombre ni ninguna mujer. Además, hemos revisado los vuelos con los llegó a Los Estados Unidos y no existe ningún pasajero con el nombre que usted asegura. No hay ninguna Natalia.
–Ni hablar, ¿qué dice? Yo he venido con una chica, usted está con ellos, se ha puesto de su parte.
El policía le pidió que él mismo llamase al hotel y Dani así lo hizo.
Una voz femenina le respondió. Trató de mantener la calma y le pidió que le confirmara la reserva.
–Vino solo– contestó la chica.
Dani colgó, ahora asustado y sin entender. La pareja de policía tenía una actitud tajante, como si diera por finalizada la situación.
–Por favor, márchese del restaurante y no vuelva.
–Váyase si no quiere que le detenga.
Subió al coche y arrancó, no porque tuviera intención de marcharse, sino porque la cercanía con el restaurante no le permitía pensar con claridad. Era como si le robara la energía. Se detuvo a unos pasos, y por el retrovisor divisó la silueta de los policías estancados junto al parking vacío del local. Tuvo la impresión de que lo trataban como a una amenaza y harían guardia hasta que se marchase. Sólo por precaución.
Miró el móvil. Las fotos, en alguna foto debería aparecer Natalia. Puf, apenas tres fotos del paseo de la fama y en ninguna salía Natalia. ¿Por qué no haría más fotos? Era un viaje, la gente hace fotos en los viajes. Se llevó las manos a la cara. ¿Dónde estaba Natalia? ¿Y si la habían matado? ¿Y si traficaban con sus órganos? Una idea tras otra cruzó su mente. A cuál peor. Era curioso la manera que tiene la imaginación de dispararse cuando el miedo la invade. Y por último...¿Y si estaba loco? Un día, en una discusión llevada al límite Natalia se asustó porque, según dijo, Dani se inventaba cosas. Y lo llamó esquizofrénico. Pero era por su tozudez y su necesidad de control. No porque estuviera loco. Natalia no hablaba en serio aquel día, sólo era una discusión. Aunque si Natalia no existía quizás sí sufría la enfermedad. ¿Natalia no existía? ¿Qué debía hacer? ¿Llamar a casa y preguntar a su madre si Natalia era real? El hotel, los de la compañía aérea, la policía...¿cómo podían compincharse? ¿Y a maleta? Vale, la maleta era fácil, sólo tenían que abrir el coche. La compañía aérea debería comprobarlo por sí mismo, pero ¿y el hotel? ¿También estaban con ellos? No podía ser, era una casualidad muy difícil de cumplirse. ¿Natalia no existía? Y que Natalia no existiera le dio más miedo que todo lo anterior, quizás no porque él estuviera loco, sino por el hecho de que de repente, la necesitaba a su lado. ¿Qué es peor? ¿Echar de menos a alguien que ha desaparecido o a alguien irreal?
Tengo que llamar a casa, decidió, y que mis padres piensen lo que quieran. Si estoy loco, pues estoy loco, pero tengo que saber si Natalia existe.
Apenas tenía batería, así que abrió la guantera del coche para buscar el cargador. No pretendía quedarse a media conversación. ¿Qué le diría a su madre? No te asustes, pero quiero saber con quien vine de viaje.
Encontró el cardador rápido, era persona ordenada. Cerró la guantera con un golpe seco y entonces, a los pies del asiento del copiloto, vio restos de arena. Miró el asiento. Una ligera mancha oscurecía el tapizado. Y al pasar la mano por encima, notó la humedad en los dedos.

Porque Natalia, todavía llevaba la ropa mojada. 

domingo, 15 de octubre de 2017

Reseña: El cuento de la criada




DATOS DEL LIBRO

Título: El cuento de la criada
Editorial: Ediciones Salamandra, S.A
Autor: Margaret Atwood
Nº de páginas: 416
Género: Narrativa
ISBN: 9788498388015

Sinopsis.

Amparándose en la coartada del terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder y, como primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres. Esta trama, inquietante y oscura, que bien podría encontrarse en cualquier obra actual, pertenece en realidad a esta novela escrita por Margaret Atwood (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008) a principios de los ochenta, en la que la afamada autora canadiense anticipó con llamativa premonición una amenaza latente en el mundo de hoy.
En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela —o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir— le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres: su alimentación, su indumentaria, incluso su actividad sexual. Pero nadie, ni siquiera un gobierno despótico parapetado tras el supuesto mandato de un dios todopoderoso, puede gobernar el pensamiento de una persona. Y mucho menos su deseo. Los peligros inherentes a mezclar religión y política; el empeño de todo poder absoluto en someter a las mujeres como paso conducente a sojuzgar a toda la población; la fuerza incontenible del deseo como elemento transgresor: son tan sólo una muestra de los temas que aborda este relato desgarrador, aderezado con el sutil sarcasmo que constituye la seña de identidad de Margaret Atwood. Una escritora universal que, con el paso del tiempo, no deja de asombrarnos con la lucidez de sus ideas y la potencia de su prosa.




Opinión personal.

La primera vez que oí hablar de esta historia fue en el canal de YouTube de Iris de Asomo. Decía que tras ver el primer capítulo de la serie de HBO, la había aparcado para poder leer la novela. Después explicó cuatro pinceladas sobre la historia y eso bastó para querer leerla. Yo no sabía que existía una serie llamada así, y resultó que cuando la mencioné, mucha gente de mi alrededor había empezado a verla o tenía intención de hacerlo.

Tenía muchas ganas de leer el libro, aunque creo que hubiera sido mejor no saber nada en absoluto de la historia, porque la sorpresa de la trama hubiera sido mayor. Aun así me ha gustado muchísimo, prácticamente no la dejé hasta terminarla. El primer día leí 120 páginas, y abandoné el libro cuando ya no me quedaba más remedio.

La novela está ambientada en una distopía y habla sobre una sociedad teocrática donde la mujer ha perdido los derechos y es juzgada únicamente por su capacidad o incapacidad de procrear. Esto se debe a que el índice de esterilidad femenino ha decaído en los últimos años. En consecuencia, las pocas mujeres fértiles son reclutadas (cazadas más bien) y llevadas a una comunidad donde viven en habitaciones donde están prácticamente aisladas. La seguridad de estas habitaciones es extrema, de manera que el mobiliario y las ventanas están escogidos para que ninguna de ellas pueda cometer un suicidio en un momento de desesperación.
A las mujeres que se rebelan, que no sirven para ninguna función y a las intelectuales las llevan a las llamadas Colonias, que es una especie de campo de concentración, donde por las condiciones de vida acaban muriendo. Los hombres que se consideran insurrectos son ejecutados.



A las criadas se las obliga a vestir un traje rojo y una cofia blanca, y son destinadas a servir a un matrimonio. La manera de servir es la siguiente: dado que la esposa es estéril, el marido deberá dejar embarazada a la criada que se les asigne para que pueda dar a luz al bebé que ellos criarán. Dado que la sociedad las obliga a servir de tal modo, podría definirse como una violación. El caso es que tampoco son concubinas, ni consideradas esclavas sexuales, dado que su deber es prestar su cuerpo para la procreación y no la satisfacción del hombre (o al menos, así lo “vende” el gobierno). Tienen prohibido verse con el marido asignado a solas, y en el momento del acto sexual la esposa también debe de estar presente. Esto, lógicamente, también supone una frustración para la esposa, ya que a nadie le gustaría presenciar algo así.

-Ya puedes levantarte- me indica-. Levántate y vete.
Se supone que a fin de aumentar las posibilidades debe dejarme reposar durante diez minutos con los pies sobre un cojín. Para ella es un momento de meditación y silencio, pero no está de humor para ello (…) Antes de volverme veo que Serena Joy se arregla la falda azul y aprieta las piernas; se queda tendida en la cama, con la mirada fija en el dosel, rígida como una efigie.
¿Para cuál de las dos es peor?¿Para ella, para mí?

En esta sociedad las mujeres están divididas en tres grupos: las esposas, las Martha (servicio doméstico) y las criadas.


He oído y leído que esta novela está catalogada como feminista. La verdad es que últimamente feminismo es un término muy difícil de definir con precisión, ya que a veces he detectado contradicciones. Tema de definiciones aparte, no sé si la novela es feminista o no, lo que sí es, o al menos me lo ha parecido, una crítica al machismo. Dicho esto, mientras leía la novela, he sentido una gran impotencia en muchas ocasiones. Antes he citado un párrafo del texto, donde la esposa y la criada sufren, cada una por motivos diferentes. Lo que no puedo entender es que (en la novela) puedan existir mujeres que vean esta práctica con buenos ojos, que defiendan esta sociedad. Me crispa que una mujer que le diga a otra que si la violaron en el instituto es culpa de ella por provocar al hombre, o que el único deber de la mujer es tener hijos, que deberían sentirse contentas por haber sido elegidas para una tarea como alumbrar los hijos de un matrimonio estéril. Me parece inaguantable, pero la realidad es que durante siglos la mujer ha tenido que sufrir este tipo de acoso.

Otra cosa que me ha gustado de la novela es que está escrita en forma de reflexión interna, siempre en primera persona por la protagonista. Hay muchas frases cortas pero impactantes, donde la protagonista piensa y piensa y piensa, y se desespera, y se hunde y decide hacerse fuerte. Y esto la convierte en una novela bastante psicológica.

En conclusión, decir que El cuento de la criada me ha encantado es quedarme corta. Es una lectura que recomiendo. De momento llevo dos capítulos de la serie, y cuando la acabe podré compararlas. 




viernes, 13 de octubre de 2017

Relato: Interstate 5 (Parte 2)





¡Hola a todos! ¿Hacéis puente? 
Aquí os dejo la segunda parte del relato Interstate 5. 

Hace tiempo alguien me sugirió en los comentarios que si publicaba una historia por partes, era mejor añadir el link de las entradas anteriores. La verdad es que tiene sentido, así que aquí dejo el enlace de la primera parte:

https://todoloqueelvientosedejo.blogspot.com.es/2017/10/relato-interstate-5-parte-1.html

La tercera y última, la publicaré el martes.  
Espero que os guste!!




El interior del local tenía algo de cavernoso, incluso parecía que allí dentro la atmósfera se volvía menos tórrida.
Tras la barra, una señora enjuta los observaba un tanto expectante. Natalia diría que no era expectación en el buen sentido. Dani, que sólo era una anciana como cualquier otra.
Tenía el pelo negro, con rizos cortos y alborotados que recordaban a las pelucas cutres de carnaval. El movimiento de los brazos, mientras secaba un vaso de cristal, marcaba una delgadez casi raquítica. Junto a ella, un señor mayor había tomado asiento en el taburete mientras escribía algo sobre la barra. Parecía inmerso en su propio pasatiempo. Sin levantar la mirada, escribía fuerte sobre el papel.

Quizás, si sigue así, acabe haciendo un agujero, pensó Natalia.

El hombre se pasaba la palma de la mano por la cabeza, acariciando la calva, como si se asegurara de que los pocos pelos que le quedaban seguían ahí. Sin embargo, la señora menuda no había apartado la mirada en ningún momento, ni que fuera por una fugaz timidez, un sentimiento de invasión, y tampoco ofreció signos de amabilidad.

La sensación de molestar en un restaurante no debe de ser buena, pensó.

Sin embargo, Dani mostró mayor decisión. Cruzó el local con menos recelo y cuando estuvo frente a la señora, apoyó el cuerpo en uno de los taburetes tapizados e inició una conversación en inglés con la intención de pedir una mesa para dos. Natalia ni tan solo lo intentó. Se limitó a ejercer su papel de espectadora.

Que siempre deba ser él quien hable, pida la cuenta, la comida... ¿es un gesto cortés o machista? En cualquier caso, está fuera de lugar. Me hace sentir inútil. No estamos en los años sesenta, no necesito que nadie hable en mi lugar. ¿Y cómo podría ser cortés? Ese tipo de cortesía no existe ya. Quizás sólo es su modo de mantener las cosas bajo control y lo malinterpreto. No soy una inútil y quizás no me está tratando como tal. Sólo se siente más seguro así. No te agobies, no pienses, no merece la pena.

Con discreción, Natalia echó un vistazo al local que tan malas vibraciones le provocaba. Tal como había predicho, Dani y ella eran los únicos clientes. A la derecha de la barra y separadas de ésta por un amplio pasillo, las mesas de madera formaban una hilera larga que debía de llegar...¿hasta los lavabos? Sobre estás, en la parte donde no había ventanas, divisó insignias deportivas que no supo reconocer. Lo asientos estaban formados por pequeños sofás cuyo tapizado desconchado fue anteriormente de un azul celeste muy vivo. O debió de serlo. Tomó aire y al volverse vio que el señor rellenaba crucigramas en castellano. Tenía la piel demasiado unificada, demasiado brillante, como de porcelana.
Al fin, la señora preguntó:
Where are you from?
Natalia fue consciente de que había perdido el hilo de la conversación pero enseguida se puso en situación. Dedujo, por el tono de la señora, que en un acto desesperado de entenderse con Dani, trataba de buscar palabras en otro idioma. Cuando él contestó que venían de España, la señora efectuó un gesto de admiración. A Natalia le pareció una de esas gallinas viejas y negras de las granjas.
–¿Por qué no lo dijisteis antes?–exclamó con acento mexicano–. Aquí hablamos todos español.
La mujer salió del mostrador, y al bajar el escalón apoyó la mano diminuta en la pared para obtener soporte. Después echó a andar por el local mientras, agitando una mano, les indicaba que la siguieran.
Los acompañó a la mesa más luminosa, junto a una ventana desde donde se divisaba el Starbucks.
–Aquí estaréis bien– dijo, y encendió la tele que colgaba justo encima.
–Gracias–dijo Dani ojeando la carta.
–Gracias– añadió Natalia.
–¿Tú también hablas español? Vaya, qué sorpresa, no lo diría, tan rubia que eres, tienes pinta de gringa.
Natalia forzó una sonrisa, aunque pensó que no le había quedado del todo falsa. Pidieron nachos y una hamburguesa, porque era lo que a Dani le apetecía y en su mente, cuando salían a comer, la situación funcionaba de la siguiente manera: o los dos somos sanos, o los dos pecamos. A Natalia no le importó esta vez, la ensalada tampoco tenía muy buena pinta.
–Mal país para una vegetariana, eh–bromeó Dani.
Natalia sonrió. No es que fuera una vegetariana que cumplía el régimen de manera estricta, pero limitaba el consumo de carne a escasas ocasiones.
Se acomodó en la butaca y dejó la ropa a su lado.
–Creo que va a venir.
–¿Qué?
–El marido, creo que va a venir.
Natalia desvió la mirada hacía la barra. Efectivamente, el señor de rostro brillante los observaba, muy curioso. Tardó poco en levantarse del taburete y acercarse.
–Dice mi señora que hablan ustedes español–dijo cuando estuvo junto a ellos.
–Sí–añadió Dani–, qué suerte haber entrado aquí.
El señor permanecía de pie, en una postura muy recta y con las manos cogidas a la espalda. Parecía más dispuesto a soltar un recital que a entablar una conversación. Había algo extraño en su expresión, o tal vez sólo era la piel aporcelanada, demasiado unificada.

No creo que este señor se haya puesto bótox, pensó Natalia.

–¿Habéis visto el tiempo en Texas?
Dani y Natalia se miraron, agitaron la cabeza en señal de negación, y soltaron un inseguro no.
–Pues está inundada. Yo soy de Texas, pero mi papá era mexicano. Mi esposa nació en méxico, pero al poco su familia se mudó.

Lo que faltaba, pensó Natalia, ahora nos va a contar su vida.

Dani atendía al señor, con los dedos entrelazados y la cara apoyada en las manos. Y Natalia lo observa a él. Sabía que era menos sociable que ella y que por dentro debía de estar despotricando por la necesidad de diálogo del hombre. Dani necesitaba un mínimo de aislamiento con los desconocidos. Pero las formas le podían, y fingía que la historia del señor de rostro extraño le interesaba. Porque Dani era así, muy muy muy agradable. Claro, muy agradable cuando no tenías que aguantar sus desvaríos maniáticos, entonces sí, era muy muy muy agradable.
Y el señor prosiguió. Ahora, su hijo, que se casó con una profesora de instituto, vivía en Texas, en una ciudad que ni Natalia ni Dani fueron capaces de identificar, ni tan sólo estaban seguros de haberlo entendido bien. Ella enseñaba literatura y su hijo vendía coches de segunda mano.
–¿A dónde os dirigís ahora?
–A San Francisco.
–Ah, ¿y vais por la Interstate 5?
–Sí, es lo más rápido.
–Lo mejor habría sido que fuerais por la costa. No hace tanto calor y el paisaje es más bonito. ¿De dónde venís?
–De Los Angeles, aunque hemos parado en Malibú.
Y entonces Dani recordó algo. Se volvió hacia Natalia y le preguntó.
–¿Aún tienes la ropa mojada?
–Sí, un poco.
Lo dijo con fingida paciencia, pero Dani, si notó el sarcasmo, no lo comentó. A ella le sabía mal por el hombre, normalmente era mucho más amable, pero lo único que quería en ese momento era acabar de comer para poder cambiarse de ropa en el baño. Empezaba a incomodarle el bikini.
–Ah, Malibú. Es una playa bonita. ¿A Texas no vais a ir?
Qué manía con Texas. Ni iban a Texas, ni le apetecían ir a Texas. Ni si quiera les pillaba de camino Texas. De repente, Natalia temió que aquel hombre se quedara junto a ellos mientras comían. Se sentiría muy incómoda si así ocurría.
Sin embargo, cuando la señora menuda se acercó con los platos gigantes, el señor aporcelanado se marchó, y al otro lado del local, tomó asiento en el taburete y siguió con sus crucigramas.
–Uf, pensaba que se quedaría– expresó Natalia con un tono de alivio.
–Sí, yo también.
Comieron comentando que en aquel país todo era a lo grande. En la tele, un partido de fútbol americano creaba discordia en las gradas.
–¿Te has bebido toda la coca-cola?– preguntó él sorprendido.
Ella se encogió de hombros.
–Coca-cola, hamburguesa, este país te está cambiando – bromeó.
Ella reaccionó con una sonrisa.
–Ya sabes, sólo bebo coca-cola cuando me deshidrato o cuando tengo resaca, y esto parece el desierto, así que me siento entre ambas cosas.
Dani respondió con una risa, y de repente, la tensión del viaje se suavizó.
–Aún estás a tiempo de ir a Texas – y con la cabeza señaló al señor.
Como Dani se había relajado Natalia también. Era la historia de siempre. Uno se enfada y el otro más, uno se tranquiliza y el otro más, y aquí no ha pasado nada. Hasta nueva discusión.
–Qué malo eres–le respondió con una sonrisa mientras se ponía de pie–Seguro que ese pobre hombre hace diez años que no habla castellano con nadie, diez años mínimo, y está desesperado. Pobre hombre.
–Puede hablar castellano con su mujer.
–Ya...no, qué va, entre ellos deben de hablar inglés.
–¿Vas a cambiarte?
–Sí, voy al lavabo– cogió la ropa y se aseguró de no olvidarse nada–. Enseguida vuelvo.
–Vale, voy pagando.
Natalia se adentró en el pasillo, siguiendo el cartel de Restroom, porque allí, el toilet no existía, y Dani centró la atención en el partido.
Un jugador había efectuado una falta violenta, y los espectadores parecían alarmarse.

La que se va a liar, pensó.

Miró el reloj.

¿Por qué tarda tanto Natalia? Sólo es un bikini.

Decidió ir pagando, para agilizar. Se habían entretenido demasiado y a las 22h debían entregar el coche en el aeropuerto de San Francisco. El partido mantuvo el toque violento, los jugadores empezaban a mostrarse nerviosos. Dani miró el reloj. ¿Qué estaba haciendo Natalia durante tanto rato? La cuenta estaba pagada hacía casi diez minutos y la señora empezaba a lanzarle miradas sospechosas que él trataba de evitar. Al final, la mujer se le acercó con el mismo paso torpe, y Dani se vio obligado a prestarle su atención.
–¿Vas a querer algo más?
Una invitación sutil a abandonar el local.
–No, gracias, sólo estoy esperando a que mi novia salga del lavabo. Ha ido a cambiarse de ropa.
–¿Su novia?
–Sí, la chica que me acompañaba.
–Usted ha venido solo.
Dani pestañeó, sin entender.
–Yo he venido con una chica, ¿no se acuerda? Le ha dicho que parecía americana por lo rubia que es.
–Lo siento, pero no había ninguna chica, ni rubia ni morena. Usted ha entrado solo.




martes, 10 de octubre de 2017

Relato: Interstate 5 (Parte 1)


 –¿Aún tienes la ropa mojada?
–Un poco – Natalia pasó las manos por los tirantes de la camiseta, comprobó el grado de humedad y después se peinó el pelo con los dedos–, pero empiezo a secarme.
Hacía rato que Dani no se sentía abrumado por la extensa carretera de cinco carriles que discurría recta hasta perderse en el horizonte. Si fijaba la vista en un punto lejano, le parecía que las montañas Californianas adoptaban un matiz apagado bajo el fuerte sol. Y sin embargo, no lograba deshacerse de una tensión que le nacía de dentro y lo obligaba a agarrar el volante con los puños apretados.
–¿Vas bien?–le preguntó Natalia levantado ligeramente las gafas de sol–.Te veo tenso, te vas a hacer daño en la espalda si conduces así.
–Estoy bien, tranquila. Es que no conozco el sitio y ya está, pero me acostumbraré.
La chica ahogó una risa y aparcó el tema. Se había acostumbrado a las inquietudes de Dani. Sabía que necesitaba sus periodos de adaptación, en cierto modo se trataba de llegar a dominar la situación. Era mejor no insistir. La experiencia le había demostrado que tratar de confortarlo con palabras agradables nunca funcionaba. Porque Dani necesitaba crear su propia seguridad.
En un intento de adelantar al coche que tenían delante, Dani observó por el retrovisor. Divisó una furgoneta blanca que se les aproximaba, y al fijarse en el conductor encontró a un chico pelirrojo muy joven. No viajaba solo, y tuvo la impresión que se trataba de uno de esos grupos de universitarios que deciden recorrer el país en furgoneta. Cuando estuvo más cerca, el vehículo le pareció enorme. En este país todos los coches son monstruos, pensó, están hechos para esta gente tan enorme.
–...con la de mierda que comen no me extraña sean enormes–dijo en voz alta.
–¿Qué?
–Nada, pensaba en voz alta–y sin apartar la mirada del retrovisor mostró un deje de frustración–. Venga pelirrojo, ¿vas a pasar o no?
Dani trató de frenar, pero su mente olvidaba a veces cómo funcionaba un coche automático y la sensibilidad de Chrevolet alquilado, y al presionar con un poco más de fuerza el frenazo resultó un tanto violento. Natalia se incorporó hacia delante, pero el cinturón de seguridad la retuvo.
–Perdona, cielo–dijo Dani poniendo una mano sobre su pierna–.¿Te has hecho daño? No acabo de dominar este coche.
–Estoy bien, estoy bien. No pasa nada.
Cuando la furgoneta hubo adelantado, Dani se colocó en el carril izquierdo.
–Si vemos una gasolinera deberíamos parar, no quiero que comience a hacerse de noche y que nos quedemos tirados.
–No vamos a quedarnos tirados–rió en un tono que sonaba más a obviedad que a burla–, el depósito está casi a la mitad.
–¿Y si no encontramos una gasolinera después? ¿O si no la vemos porque está oscuro?
–Vale, vale, como quieras. Pararemos, y de paso podríamos comer algo, empiezo a tener hambre y aún queda mucho para llegar a San Francisco.
–Me parece bien, ¿qué tal tu ropa? ¿Sigue mojada?
–Mi ropa sigue igual que hace dos minutos– y esta vez, en la voz de ella sí había un deje de impaciencia.
Natalia se acomodó en el asiento, y fijó la mirada al otro lado de la ventanilla. A pesar del aire acondicionado podía notar la ola ardiente del exterior. En parte porque la había sufrido, y porque la vegetación mostraba un color apagado, arenoso, casi chamuscado. Apoyó la cabeza en la ventanilla y cayó en un estado de sopor. Al rato, la voz de Dani la devolvió a la realidad.
–Un área de servicio, Natalia. ¿Quieres que paremos?
Abrió los ojos con lentitud. Lo primero que divisó fue la señal amarilla de la gasolinera y después la entrada a un Burger King.
–Vale, sí.
Dani tomó la siguiente salida y al poco ya se encontraban en el interior del área de servicio.
–Por dios, qué grande es esto– comentó ella.
El recinto, sin tener en cuenta la gasolinera, albergaba unos pocos edificios de techo plano, de los cuales la mayoría eran restaurantes de comida rápida. Aun así, no había demasiada gente merodeando por allí y las distancias entre los locales eran tan amplias que Dani y Natalia no pudieron evitar un ligero sentimiento de desolación. Los pocos coches que se habían desviado había ido a parar a la gasolinera, y en consecuencia ésta había cubierto su cupo de servicio. Entre los coches que esperaban, Dani divisó la furgoneta blanca en la que viajaban los estudiantes
–¿Tienes hambre? –dijo él al ver que la gasolinera estaba al completo–.Te diría de comer primero y luego ya repostaremos.
–De acuerdo, como veas.
Natalia se quitó las gafas de sol y se las colocó en la cabeza, como si fuera una diadema.
–¿Qué te parece el Burger King? Tampoco hay mucho más.
Dani no respondió, se limitó a circular por el recinto con la lentitud que requiere una buena inspección. Natalia no interpretó el silencio de Dani como una negativa, sino como una indecisión. Esperó que él se situara, quizás daría dos vueltas antes de decidir.
–Entonces, ¿Burger King?–preguntó al poco.
–¿Qué te parece ese sitio de ahí?
Entre una tienda de ultramarinos y un Starbucks, Dani había divisado un local alargado que daba la impresión de pretender pasar desapercibido. El marrón desgastado de las paredes le daba un aire de cabaña vieja. Junto a la puerta, dos grandes cántaros mejicanos flanqueaban la entrada rojiza.
–¿Ese? Estás de broma, ¿no? Pero si no hay nadie, el aparcamiento está vacío.
–Por eso mismo, nos atenderán rápido.
Dani condujo hasta quedar a una distancia que le permitiera una mejor inspección. No solía preocuparle el estado deteriorado de las cosas, Natalia era mucho más esnob que él en esos temas.
Durante unos segundos observaron el local por el cristal trasero del coche. Unas cortinas que parecían espesas impedían divisar el interior.
–¿Estás seguro de que no está cerrado?
–En el cartel pone que está abierto, ¿ves? Open.
–Pues a mí no me gusta.
–¿Qué no te gusta?
–Me da mal rollo.
–Natalia, no te puede dar mal rollo sólo la entrada.
–Bueno...no sé.
–Al menos vamos a echarle un ojo. ¿No estás harta de tanta multinacional de comida basura?
–...sí...pero no sé si esto va a ser mejor.
Bajaron del Chrevolet, y prácticamente cerraron la puerta al unísono. En el exterior, el sol alto abrasaba el suelo.
–Espera–dijo Natalia como si recordase algo–. Voy a coger ropa para cambiarme en el baño. ¿Puedes abrir el coche?
–¿Ahora vas a cambiarte?
–Mejor eso que esperar a que se me acabe secando.
–Deberías haberte cambiado en los baños públicos. Te he dicho que te cambiaras allí.
–Y yo te he dicho que estaba sucio y que me daría asco si la ropa cae al suelo.
Natalia abrió la maleta y al poco había extraído la ropa interior, unos vaqueros largos y una camiseta de manga corta muy sencilla.
–¿Llevas las bragas y el sujetador en la mano?
El tono sonó desesperado,
–Los he tapado, tranquilo – contestó molesta–. Deja de reñirme, nadie lo va a ver.
–Yo no te riño.
–Sí lo haces, todo el rato, y no dejas de quejarte.
Dani puso los ojos en blanco, no porque pensase que Natalia exageraba sino porque conocía el proceso de las discusiones. Él apretaba y apretaba, hasta que ella se cansaba, se enfadaba y se pasaba de morros lo que quedaba del día.
–Está bien, perdona.

Natalia subió los peldaños con decisión, quizás más guiada por la poca paciencia que le quedaba. Bajo el cartel azul con letras blancas donde se leía Push, encontró un tirador de madera y empujó.

domingo, 8 de octubre de 2017

Mi little diary: Sitges Zombie Walk



¡Hola a todos!

Estos días se está celebrando el 50 aniversario del Festival de Cine de Sitges, el cual está dedicado mayormente a cine fantástico y de terror. Normalmente reservo el domingo para las reseñas literarias, pero hoy voy a hacer una excepción porque quiero hablar de una de las actividades que se celebra durante este festival: La Zombie Walk.

Aunque ya había ido otros años al festival, ayer fue la primera vez que veía el desfile zombie. El evento me sorprendió muchísimo porque no imaginaba que la gente fuera tan preparada, y nosotros, que no lo íbamos tanto, perdimos la oportunidad de que nos maquillasen.
Sobre las 12 del medio día, en la playa de San Sebastián de Sitges, repartieron los tickets para que la gente que quisiera participar en el desfile pudiera ser maquillada gratis en unas carpas que colocaron junto a la playa. Nosotros llegamos sobre las 14h, así que no quedaban tickets, pero como ya lo imaginábamos (íbamos un poco a ciegas), llevábamos nuestro propio maquillaje comprado en el Party Fiesta.

Lo que no imaginábamos era el gran trabajo de los maquilladores. Nos encontramos con profesionales que dominaban los efectos, no sólo la sangre sino también de las heridas a un nivel muy detallado. 
Todo muy pro, vamos.






El caso es que, una vez metida en el ambiente, fui consciente de que otros años me había preparado un poco más las películas que se proyectaban (no todo en esta vida es una Zombie Walk) y me arrepentí de haberme perdido los films de mayor interés:



  • La forma del agua, de Guillermo del Toro, que abrió el festival este año, y trata sobre una historia de amor entre un monstruo y una humana. Además la portada me parece muy bonita.





  • The Killing of a sacred deer, con Nicole Kidman y Collin Farrell de protagonistas. Por lo que he leído, parece terror psicológico.
  • Musa, de Jaume Balagueró, que es una adaptación de La dama número 13', de José Carlos Somoza. Aprovecho para recomendar las películas de este director, y hacer mención a Mientras Duermes, con Luís Tosar, y con la que estuve en tensión de principio a fin. 
  • La piel Fría, la adaptación de la novela con el mismo nombre y de la que ya hablé en el blog hace varias semanas. Y este film es quizás el que más rabia me da perderme, porque como ya expliqué, la novela me pareció de lo mejor que había leído en años. 


Y volviendo a la Zombie Walk, ayer me enteré de que George Romero, director de La noche de los muertos vivientes, murió el pasado julio en Canadá. Hace unos cinco años, hice una especie de maratón de Romero, y aunque no vi todas sus películas, sí fueron unas cuantas, así que lo considero un pionero, un icono de este género. Y no sé que me sorprendió más, el saber que había muerto, o el hecho de no haberme enterado hasta ayer.
Como tributo, el discurso de apertura para la presentación de la Zombie Walk fue dedicado a él, y colocaron un mural en el que poder firmar.


El desfile duró más o menos una hora, y aunque ya me había hecho una idea del nivel de los disfraces, verlo fue más espectacular de lo que esperaba.










Y aunque nuestros disfraces eran puramente caseros nos lo pasamos igual de bien.

Cuatro de los siete que éramos, volveremos a Sitges el domingo que viene, a la maratón de la mañana. Ayer compramos las entradas, aunque las películas todavía no se han hecho públicas, y hasta el viernes no lo sabremos. De momento, el jueves por la noche vuelven a proyectar La piel fría. Eso quiere decir que ir a ver la película supone llegar a casa sobre las tres de la mañana, contando el tiempo de proyección y la vuelta en coche de Sitges a Barcelona. Quizás lo ideal sería hacer puente el viernes. No es mala idea.